03 octubre, 2012

LA CAJA

  Por Héctor M. Cosenza

Estaba viendo la televisión cuando tocaron el timbre. Cuando me asomé a ver quién era, sólo encontré una caja de madera. Iba a dejarla allí, pero la curiosidad fue más fuerte que yo, así que la metí a la sala. Era una caja pequeña, antigua y emanaba un olor como de perfume viejo.
    Decidí levantar la tapa del bizarro regalo que un generoso ser invisible, había hecho llegar hasta mi puerta. Ahí dentro, para mi suerte, hallé una etiqueta con el nombre de María Emelia Ramos Morín, que es precisamente el nombre de mi abuela. Hasta comencé a sudar.
Inmediatamente llamé a mi nona por teléfono, para preguntarle con tremendos escalofríos y mi voz titubeante, la razón del envío de la misteriosa caja. —"Hola, mi'jita" dijo como siempre; así que, como siempre, contesté: —"Abue, soy Héctor". Después de saludarme correctamente y dirigiéndose hacia mí, le pregunté sobre el sospechoso envío y ¡vaya sorpresa que me llevé cuando me dijo que ella nunca había tenido una caja como la que le describí y que por tanto, era imposible que ella la hubiese enviado.
    Con la cabeza aún más revuelta, traté de dirigirme al segundo artefacto dentro de la caja, una serie de fotografías borrosas y en tonalidad   sepia, en las cuales se observaban mis abuelos maternos cargando a mi madre siendo una niña, mi abuela materna, con mi padre, hace aproximadamente 10 años y una donde se observaba un señor un poquitito arrugado, con los párpados caídos, las canas como hilos de plata, y unos lentes enormes de botella. Era la única foto a color.

    Sólo para descartar opciones, pegunté a mi madre sobre las fotos y me dijo que ella nunca las había visto, pero sí había soñado con ellas, en repetidas ocasiones. En ese preciso momento, corrí hacia la cocina, donde estaba mi padre, y le pregunté sobre la fotografía del anciano. Los ojos de mi padre se llenaron de lágrimas y su boca delgada emitía una sonrisa de esperanza. —"La recibiste", dijo él con tremenda emoción, a lo que agregó: —"Lee la carta".

    Con un sentimiento de plenitud, y un hueco que interrogaba mi raciocinio, regresé a la sala de televisión, agité la caja y encontré un tercer regalo. Una carta que decía:
                       
     "Noviembre de 1989
Niño Moreno Cosenza: Persíguelo. No sueltes tu instrumento. Hoy se decide el camino y estás en él. Felicidades. Jamás abandones la melodía, ni dejes que tus primos lo hagan. Tú tienes la encomienda del don que más envidio, mi más anhelado deseo, y mi más grande frustración: La música.
                 Armando Moreno Sánchez"

Claro, ahora todo tiene sentido. Con una carta escrita el año y mes de la boda de mis padres, mi abuelo que falleció hace 11 años, pide a mí y a mis hermanos que sigamos el camino musical. No sé cómo ni de dónde fue enviada la caja... aún. Gracias, hilos de plata, por el don de la música. Mi hermana se encuentra estudiando música, mi hermano toca la guitarra mejor que cualquiera y lo hace de oído y yo estoy a punto de convertirme en Dj.
Gracias, Armando Moreno.¬