(Estudiante de 1.er Semestre de Preparatoria)
Un samurái tenía en su casa un ratón del que no podía deshacerse. De tanto pensar cómo librarse del pequeño roedor, decidió adquirir un magnífico gato, robusto y valiente. Después de algún tiempo el samurái se dio cuenta de que aquel fornido micho era demasiado lento para el astuto y ágil ratón. Esto lo llevó a conseguir un nuevo felino, más rápido e inteligente, para por fin desembarazarse del molesto mur. Al cabo de unos días, el samurái descubrió con sorpresa la extraña amistad del gato y el roedor. El samurái, muy contrariado, echó de la casa al inútil gato y consultó a varios aldeanos sobre la mejor manera de acabar con el ratón.
Por casualidad, un perro díscolo llegó a la casa del samurái y pronto se puso a cazar al ratón, con más hambre que convicción. Todos los esfuerzos del lebrel fueron en vano, por lo que se hizo necesario reintentar el recurso del gato que —como sabemos— es el enemigo natural de ratón.
El nuevo minino se pasaba el día durmiendo y el cínico roedor se llenó de confianza; sin embargo, el día menos pensado el gato atrapó al ratón de un certero zarpazo, jugueteó con él, lo mató y lo devoró.
Con esto se demuestra que la fuerza y la técnica de nada sirven sin la persistencia y la astucia del espíritu.¬